BONITA

¡Bonita!
Mi alma tórrida y aguerrida te busca
entre los páramos para saciarse.

En silencio te imagino como eres:
El verano del follaje y las azaleas,
picoteando uvas dulces y pistilos.
Llenas pájaros y zurces alas en las nubes.

Emigra mi alma a cualquier rincón para buscarte.

El trino de la lejanía suave y delicado
se esparce, sacude y hace eco.

¡Bonita!, te imagino como eres.

Mi alma se complace y vuela incógnita para saciarse.
Arte y vuelo se conjugan
y te escapas entre plumas, alas y enramadas, lúcida y coqueta, indómita y endeble, taciturna y sonrojada.
Te imagino atrapada en la espesura.

Trasluces los colores y los mezclas,
aromática y seductora, trigueña flor en vilo.

Mi alma excitada te dibuja como eres.



DE LA POESIA

Irrumpe el verso como el susurro al oído.
La noche clama la cópula amada.

En la lejanía, el viento sopla y el silencio ciñe su rostro.
Por sus poros, las sabanas blancas se anudan y trenzan.

Del otro lado, el horizonte declina la aurora.
La luz se esparce en la nada.
Saltan esporas que se incrustan al alba.

Del susurro la voz amada emerge a la vida.
Y el verso habla un sinfín de palabras.


POETAS

Poetas, si el corazón esgrime y el alma canta, empuñad la pluma y derramad la tinta e id por la gloria de la poesía.

Si sentís el corazón en alto
y que el verso en su granero se derrama
describid del cielo su portento
y de la mujer bonita su atractivo y hermosura.

Poetas, asid las velas y desteñid el alba.
Levantad la vista a la poesía.
¡Asid las velas!

¿Y que es la poesía?
digo y clamo, ¿que es la poesía?
Sino los inmensos ojos claros que Bécquer describriera, o las alas siemprevivas en la fragata enamorada y pajarera de Neruda.
El desplumar místico del cisne que Darío entretejiera, o los heraldos que en las manos de Vallejo fallecieran.

Venid en pos de la poesía Poetas, y cantad con Mario hermano, El Benedetti señor de los quetzales.
Levantad de Celaya el arma empobrecida
y embadurnadla con las Nanas de cebolla.
Id con León, caminante, Don Felipe,
a destrabar los molinos galopando
y denunciad a los guijarros del camino.
Cubrid los pies descalzos de Gabriela
y untadlos en las noches para cubrir sus yagas malheridas.

¡Asid las velas, Poetas!, ¡Asid las velas!.

Desenterrad el viejo libro, el viejo anuario, y recitadle a la montaña su ladera, su copa blanquecina, la huella enterrada y el paso de aquel que la escalara.
Llegad hasta la cumbre protegida
y poned las piedras que los Incas olvidaron.
Regresad por la pendiente y besad la cordillera como si el alma conociera su nostalgia, su penar y su tristeza.

Escrudiñad la tierra Poetas, volved a ella y agitadla.

Salid al monte, al río, la selva, la montaña.
Extraed los colores de la pampa y amarradlos a la vida.
Secad con pétalos los mares y un día en que la tarde os aflija llenadlos con las lágrimas de la pluma entristecida y guardadla como prueba melancólica en la estepa.
Dejad la puerta abierta, el libro abierto, la nota abierta, para volver sobre la letra si faltara o se perdiera.

Id por las cavernas a descubrir la tierra.
Moved las nubes para que las aves aleteando reconozcan la ruta y el peregrinar de otoño.
Desenterrad las piedras y ponedlas en las manos, en los dedos, en los pechos, y con vuestros suspiros convertidlas en turquesas opalinas.

Cosechad el hierro y la amapola,
el trueno y la semilla,
la ráfaga impetuosa y la soledad del tiempo, la alegría también y las pupilas, y devolvedlas con la palma abierta en la palabra inmaterial del alma, del verso enamorado.

¡Poetas, asid las velas y empuñad los versos!.

Ahí viene el hombre sediento del vivir y del mañana.
Ahí viene el pajarero, el escudero,
el soñador del pueblo y su maestranza,
el hombre pueblo y el hombre niño.
Ahí vienen las ráfagas cargadas de clamores.

Poetas:
¡Ahí viene el corazón en vuelo!.
¡Ahí viene el corazón en vuelo!.

Dejad que el alma le corteje.

Dejad al viento ilusionarse.

Dejad al poeta que le verse.

Dejad que el alma se enamore.

 

Salvador Pliego