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Indiferencia
Repetidas veces vimos sus ojos de luna llena,
rodar arañando en vano nuestra indiferencia.
Vimos su sangre de arrebol caer desperdiciada
en el río turbio de nuestra inconciencia
¡y no hicimos nada!
Supimos de sus manos que como palomas
recogen del suelo las migajas de nuestros desechos
y les echamos fuera de nuestra vista
para no sentir que les debíamos algo.
¡y ahí quedamos!
Por las noches les vimos cuidar nuestras veredas,
Nuestros bancos de plaza, nuestros puentes,
y sólo rezamos por nuestras paredes blancas,
sin el valor de echarles al menos una manta.
¡y qué más da!
Pensamos que la culpa era de alguien, pero no nuestra
de que la vida rozara la muerte tantas veces, tan temprano
asumimos las fallas del destino y dejamos para Dios
la tarea de convertir el mundo en un lugar más justo.
¡y eso fue todo!
Noelia Pereyra

Los niños de la vida
Con sus ojos de luna,
preciosos con sus harapos
tocando el suelo vienen;
con su hambre apretada,
solo vienen.
Y los vemos venir,
ya nos parece natural
que estén en la calle tan temprano.
Han extendido su mano,
pero aprendimos a decir “no”
sin mirarlos a los ojos
redondos como la luna.
Sus manos pequeñas,
expresivas, parecen hablar
de pronto son palomas,
de pronto mariposas,
que aún heridas echan a volar.
Si olvidan la tarea de llevar
algo de comer a su “hogar”
y en un costado duermen
sus herramientas de trabajo,
es que se ha encendido
su reloj infantil.
Entonces juegan,
dibujan amigos de arena
y llaman “gil”a los que pisan
sus soldados de mentira;
el tiempo tiene entonces,
tiempo para ellos.
De pronto sus propias tripas
los devuelven al mundo
toman su cajón, su bolsa, su carro...
y sus pies descalzos vuelven
a desandar la “vida”.
Llevan una honda
para “bajar a las urpilas”;
están pendiente de la luna
para convertirse en lobo;
saben de las sombras;
saben de la noche.
Pero también sueñan
sueños de pan y chocolate
de camiones y soldados,
de padres y de hermanos
de caricias, de amor.
Cotidianamente,
tienen que ganar el pan
con su sudor, con dolor;
dormir a cielo abierto
olvidados de los hombres,
pero también de Dios.
Lejos de las gentes
que tienen techo y paredes,
ellos conocen la furia
del viento y la lluvia.
Su piel morena sabe
que el sol puede quemar.
El tiempo pasará un día
Y el niño que son
habrá muerto
en el hombre que serán,
nadie los mirará con lástima
ya la indiferencia será total.
Noelia Pereyra
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