Cuando la necesidad nos
arranca palabras sinceras,
cae la máscara y
aparece el hombre.
Lucrecio


                                                                                                          Febrero, Jena- Alemania
Melancolía de ti

No me había dado cuenta de lo importante que eras para mí hasta aquel momento en que verdaderamente te necesité. Aquel momento simplemente sucedió. Se instaló en mí y no se ha querido ir. Tengo melancolía de tí. Del que me cuentan que eres ahora. Del que significabas para mí cuando era pequeña, del que no sé si alcanzaré a disfrutar en lo que nos queda de vida.
Tengo deseos de verte, desesperación de que tomes mi mano como lo has hecho en mis sucesivos sueños desde hace tiempo. Tengo anhelo por comprenderte. Pero también tengo angustia de constatar que nos estamos separando y saber que decididamente no estoy lista.
Quiero recuperar el tiempo perdido, volver a aquellos juegos de domingo en el parque llenos de expectativas mías y de mis hermanos y de inquietos silencios tuyos. Quiero acortar esta distancia abrumadora acariciando recuerdos de una lejana infancia, intentando oler todavía el aroma a mate cocido con hierba buena, preparado por ti...
Tengo quizá demasiados pocos buenos recuerdos como para olvidarlos. En aquel tiempo, tu soledad me dolía profundamente.
Aquí falta poco para entrar en primavera, los pájaros y el aire ya lo han anunciado, te lo he contado por teléfono el otro día y no pude sino conmoverme cuando me preguntaste si ya todo había comezado a florecer. La verdad es que todavía no. Aquí la primavera parece ser más tardía y menos previsible que en nuestro país.
Tú naciste en primavera, en nuestra primavera que cae en el mes de Septiembre y ya estoy “haciéndome la cabeza” en que por fin voy a verte.
Pienso en ti, mucho. Como nunca. Te encuentro de pronto en un montón de pequeñas manías que al parecer heredé de ti.
Ya no siento deseos de enfrentarte, la arena del tiempo tapó mi furia adolescente y estoy aquí simplemente entregándome al presente y esperando el momento de reencontrarnos en un abrazo sin palabras.
Te quiero papá. Es todo lo que intento decirte.

Por esas utopías

Ayer hemos hablado por teléfono. Con lo que me gusta hablar, como nunca hice silencio para sólo escucharte. Necesitaba oír a alguien de mi familia. Tenía uno de esos días, atacado de melancolía. Uno de esos días en el que el desarraigo te hunde en la tristeza. Me ha hecho tanto
bien saber que me comprendes, que me alientas a seguir y que en cierto modo me admiras. También me ha puesto muy feliz saber que te encaminas a un futuro prometedor.
Te recuerdo bien, el más pequeño de todos, me parecías tan frágil hace tan solo unos años. Incluso tenía miedo de que no pudieras afrontar la vida. Pero me has sorprendido. Eres un hombre, también convertido en padre.
Te cuento que hoy ha amanecido nevando otra vez, aunque como sabrás estamos a la espera de la primavera. Me ha divertido la idea de tener mi primer cumpleaños con nieve y me he puesto contenta porque sí. Me he dado cuenta que la comida típica del país, es una de las cosas que te niegas a abandonar cuando te has ido a otra parte del mundo. Tu sabes, es domingo, y si no es asado o milanesa, es empanada. Así que yo he preparado unas ricas empanadas.
Eso en lo que hace al cuerpo. En lo que hace a lo mental y espiritual, como siempre al acercarse la fecha de mi cumpleaños, me he visto tentada de hacer un balance general. Pero siento que esta vez es muy especial por todo lo que ha pasado en el último tiempo. Dicen que la vida es como un tren que pasa. Pero yo creo que me he subido en un tren bala. De pronto dejé de vivir sola en un departamentito para mudarme al otro lado del mundo y casarme con alguien que ha sido y es todavía una linda sorpresa para mí. Estoy aprendiendo un idioma totalmente distinto, no sin dificultades, y ya encontré un pequeño trabajito. Todo eso en menos de un año.
Antes había pensado en otras cosas, la idea de dejar mi país, era solo una idea que se me cruzaba en tiempos de no tener nada que hacer, ni pensar. Pero ya ves el tiempo pasa y de muchas cosas, nada fue. Me doy cuenta que felizmente me estoy acostumbrando a vivir aquí.
Si mal no recuerdo, ayer has dicho que “uno no puede vivir en la eterna utopía”. Cuánta razón tienes hermano mío, y me doy cuenta que nuestras viejas charlas eternas, eran eso. Una gran y dulce utopía. Y estoy profundamente agradecida porque ha sido por esa utopía por la que hemos llegado hasta aquí.
 

El silencio de tu guitarra

Me he estado preguntando el por qué de muchas cosas, entre ellas no ha dejado de darme vuelta en la cabeza la imagen de tu guitarra arrinconada. No sé por qué, pero me ha dado pena saber que ya no suena. No me hizo sentir mejor que me comentaras que el tiempo en que te dedicabas a rasguearla, no fue más que mediocre. Me alivió sin embargo, pensar que con un poco más de práctica hoy hubieras pensado distinto.
Querido mío, los sueños nacen de la esperanza, son los que te ayudan a vivir. Cada vez creo más en que la vida es un sueño. Por eso estoy segura de que es importante contar con la esperanza que alimenta nuestros sueños que a su vez representan nuestra vida entera. Qué importa si nos damos cuenta que somos como un conejo persiguiendo una zanahoria hasta la eternidad. Qué importa que muchas preguntas se queden sin respuestas. Qué importa, que sobretodo tú y yo, hace rato que sabemos que no se puede creer solamente en Dios.
Qué importa que nos perdamos un tiempito en la vana historia, que a veces nos parezca que miente todo el mundo y que nadie nos cumpla esos sueños sin rumbo, no hay que dejar de soñar.
Tú y yo sabemos eso. Por eso pienso que el silencio de tu guitarra no ha sido más que eso, un sueño cambiado por otro sueño. De lo contrario habrías muerto en el camino. Los sueños son nuestro alimento.

Amiga mía

Releo tu carta de hace unos meses, esa que me escribiste en medio de tu sorpresa ante la noticia de que serías mamá y de que tu novio te había abandonado. ¿Te acuerdas?, esa carta de noviembre, escrita con letras rojas. Creo entender ahora por qué. Te encontrabas al borde de la desesperación. Tu relación había llegado a su final. El desencanto te golpeaba el corazón, pero al mismo tiempo te sentías abrumada por la nueva sensación de que ibas a ser mamá.
Yo sentí alegría de saber que ibas a dar al mundo una nueva vida. Pero también sentí, para qué negarlo, rabia e impotencia. Para mí fue ciertamente un puñal enterarme de él que te había dejado justo en el peor momento.
Cuando, anteriormente, me contabas sobre él, como tú, creía que esta vez era posible que fuera verdadero. Estaba ilusionada de que podías encontrar tu media naranja. Estaba feliz por todo lo que desde la distancia me contabas y no imaginaba que las cosas acabaran así.
Por eso me dolió tanto.
Como te decía, releo tu carta, veo la desesperación en la que te encontrabas y me recuerda a la desesperación de muchas otras amigas mías que pasaron por lo mismo, entonces mi rabia aumenta y también mi dudas acerca de las personas y de los hombres en particular.
En ese momento no encontré y no encuentro ahora, las palabras que puedan aliviarte. Sé que estás convencida de que aquello fue amor, pero mi opinión es diferente. He aprendido que quien te ame, no te hará daño. Mientras escribo esto, me viene a la cabeza una frase de García Márquez que dice así: “Ninguna persona merece tus lágrimas y quien se las merezca no te hará llorar”.
Me duele no poder estar contigo en este momento. No hacer el acto de presencia que te debo desde hace mucho tiempo y aunque no te he dejado en mis pensamientos, los veo inútiles, porque sé que hay momentos en que sólo vale un abrazo verdadero.
No puedo dejar de pensar en cuanto has sufrido hasta ahora, sin demostrárselo a nadie, porque te conozco. Has sido siempre la persona capaz de llenar de optimismo, los momentos más negros de la vida de cualquiera de tus amigas y sé que aún eres la esponja para muchas. Por eso te admiro y por eso me duele que alguien se haya atrevido a hacerte sufrir.
Sólo quiero que sepas que aún en la distancia mi corazón está contigo y que nunca olvido los momentos que hemos vivido juntas. Te quiero.

Desde la distancia

Me dieron ganas de escribirte, pero no quiero contarte nada en particular, sólo quiero hablarte de algunas cosas que dan vueltas en mi cabeza y que no pueden englobarse, ni en un pensamiento, ni en un poema. (Es una forma egoísta de acomodar las propias ideas, y te pido disculpas por eso).
En mis horas interminables pienso mucho y me he dado cuenta que desde aquí las cosas poco a poco van viéndose diferentes. Uno se da cuenta que no es lo mismo haber recorrido el mundo que vivir toda tu vida en un mismo lugar. Algunos dirían que viajando, “la cabeza se te abre”. No sé si eso es así, pero es cierto que uno cambia de forma de pensar.
Entre otras cosas, que verdaderamente ocurren, se podría decir que se aprende a apreciar más lo que se ha tenido y también lo se que tiene, quizá porque uno comienza a comprender que objetiva e inevitablemente, más tarde que temprano, vamos a perderlo todo. Es en eso, en lo que te hace pensar el desarraigo, como otras cosas fuertes de la vida. Que nada es para siempre.
De pronto me doy cuenta que es domingo y no puedo ir a tu casa, a que me convides con un mate o con cualquier otra cosa, a que hablemos de todo y de nada a la vez. Porque estoy lejos. La distancia es de miles de kilómetros y ya ha pasado casi un año desde que no nos vemos, no nos olemos, no nos tocamos, no nos reconocemos más gordos, más flacos, o más viejos.
Y estoy aquí rememorando una infinidad de cosas que fueron y otra infinidad de cosas que ni siquiera fueron, pero que las teníamos casi por seguras. Estoy aquí casi viviendo otra vida. Sintiendo que he dejado muchas cosas, más de las que me imaginaba antes de subir al avión, más de las aún me puedo imaginar. Intentando todos los días acostumbrarme un poco más a este sitio.
El desarraigo te toma, te devora y te vomita nuevo. Y aunque no lo quieras aceptar ya no eres el mismo. Estás influido por todas partes. Influido por una cultura diferente, por un idioma nuevo, por costumbres y personas nuevas. Hasta tus gustos en la comida se amplían, se reorientan o se cambian.
Hay tan pocas cosas que se repiten y pertenecen casi exclusivamente a la naturaleza misma, con lo que una vez más pienso que el único Dios posible es la Naturaleza.

Querido mío

¿Sabes que estoy haciendo en este momento?. No, claro que no, (estás en tu trabajo). Yo estoy en casa. He hecho mis cositas, pero en medio del intervalo que nos deja el almuerzo, me he puesto a pensar en ti. En lo gracioso que eres por las mañanas. En cuanto me divierte verte preocupado porque tu cabello tenga alguna forma en tu cabeza, antes de salir a tu trabajo. Recordando tu llamada. Y tus palabras cariñosas.
Riéndome un poco a solas de nuestras peleas antiguas. Constatando que muchas cosas no son demasiado importantes. Pensando en el día que lloré casi un mar porque no afirmaste que mi poesía era la mejor del mundo (y aún así te seguí queriendo).
También preocupándome porque me has recordado que no consigo la disciplina para mi mejor pasar en este mundo. Es tan difícil para mí cumplir un plan. Me agobio tanto con la idea de tener horarios para todo, que renuncio enseguida. Apenas puedo cumplir con el horario en el trabajo (siempre me quedo más tiempo del que me exigen).
Sé que soy alguien que puede trabajar mucho, pero no en un cuadro. Sin embargo, admito que me hace falta un poco de orden o el tiempo no me va a rendir.
En fin, el tiempo del almuerzo ha terminado y tengo muchas cosas todavía pendientes de hacer, entonces te dejo, no sin antes recordarte que me siento feliz de estar contigo, de despertar contigo cotidianamente, de que seas mi compañero en el camino, de amarte y que me ames.


 

 


 

s

*
*
*
*
*
*
*
*
*
*